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Fwd: ¿Por qué no fui un filósofo?
La respuesta a esta pregunta debería constituir un género literario,
un ejercicio específico, estilístico y de meditación, como lo es la
"oración fúnebre" en relación a la muerte o el "discurso a los
graduandos"; en cuanto al éxito educativo.
En sus "¿Por qué no fui un filósofo?", grandes figuras o también
cualquiera analiza porqué no se profesionalizó (¿es el término
adecuado?) en la actividad humana por excelencia: filosofar.
He aquí mi disertación.
El tema, claro, supone una idea de qué es la filosofía, qué es un
filósofo y porqué sí lo es Kant mientras que I can't. (Este tipo de
chistecitos, la pasión por hacerlos, traslucen mi respuesta, pero no
nos adelantemos). No obstante en una primera dimensión la pregunta
examina simplemente porque no se logró un trabajo metódico, integral.
Podría así aplicar a cualquier disciplina que exija disciplina.
En todas las épocas se ha requerido una personalidad especial para
abordar esfuerzos intelectuales mayúsculos. Pero antes la gente se iba
rápido pasando la vejez de generación a generación, pronto uno debía
ser serio, cansarse, casarse, y hacer obra. Hoy perpetuar la
adolescencia es un valor social y los más jóvenes transfunden juventud
a los menos, en un ritmo de fracciones de generación. Me he divertido
mucho en un mundo así, pero he producido su equivalente contrario.
No todo está perdido necesariamente. Para ilustrarlo con una
digresión: sigue abierto el debate sobre si se goza más al comer lento
o al comer rápido. La opinión convencional enaltece el comer lento,
saborear cada bocado, etc. Pero es obvio que al comer rápido se
atascan sobras en los dientes, en sus rincones, que uno va saboreando
posterior (e) inesperadamente. De la misma forma, tantas vivencias
atolondradas -que los tiempos exigen-, puede que más tarde se destilen
filosóficamente.
Sería cobarde acusar a la época de flaquezas propias, sin embargo. Mi
problema central no es este. Es más bien una curiosidad mal colocada,
que de golpe se prende de fantasía, torpemente. Mi cogito toma caminos
grotescos. Por ejemplo me pongo a preguntarme como haría para esconder
y pasar dos kilos de cocaína por un aeropuerto. Ganaría un billete, si
resuelvo esta ecuación, mas sin duda no avanzará ninguna investigación
filosófica importante. Todos divagamos de vez en cuando, pero cuando
soy preso de indagaciones de ese corte, se vuelven tan intensas que
luego por ejemplo, cuando ya pasé a otra cosa, me queda una sensación
de preocupación vagando por mi mente… me examino entonces… ¿por qué
ando tenso?.... ah, los dos kilos de coca… cómo los voy a pasar… a
ver... Y así.
Cosas así me llegan a suceder incluso estando montado en el árbol de
la sabiduría. Ando comiéndome uno de sus frutos, digamos La
Fenomenología Del Espíritu del antipático Hegel, o El Discurso del
Método del rastamán Descartes y mis ojos se dilatan, patinan, algún
cinturón salta, pero estoy súbitamente en un partido de futbol, sí,
dije un partido de futbol, entre los "sí" y los "no" en el texto, sí,
dije entre los "sí" y los "no" en el texto. La filosofía moderna,
especialmente, utiliza mucho el "sí", con cosas como "la cosa en sí",
"el para-sí" etcétera, y en toda la filosofía siempre hay pródigos
"no", se trata de definir. Entonces voy por las líneas y de repente
gooool!!! de "sí", o más allá gooool!!! de "no"; 2 a 1; 2 a 3; 5 a 6
y así toda la página y termina el partido, señores!!! "sí" 9, "no" 7.
Desde luego yo perdí, la concentración, la línea del argumento, la
disciplina, en fin que se puede decir con un payaso así como mi
cerebro. Pero es poderoso en su rebeldía. Siento, mientras me pierdo
en esa estupidez, una especie de emoción de estadio, y lo que siempre
he identificado como "calor de imaginación". Hay cierto calorcito que
envuelve la mente cuando uno está imaginando con intensidad, como un
calor de hogar, como que la mente está en su casa. Una vez le pregunté
a un amigo mío que recién había probado la heroína qué se sentía.
- Es como que hubieras tenido frío toda tu vida y no te hubieras dado
cuenta y súbitamente alguien te pone una colchita.
Bonita definición, no se si tiene que ver con lo que estaba diciendo,
pero me acordé. Me acuerdo también cuando jugaba futbol de niño, en
tres metros por cuatro, en algún garaje con dos amigos, el espesor de
la imaginación, su ardor, era un auténtico partido, un autentico
estadio. Anhelo tanto esa capacidad.
En su lugar nace en el adulto cierta capacidad por filosofar, también
envolvente. A veces, metido a meditar, uno tiene casi que sacudirse
físicamente, como que tuviera polvo en los hombros cuando despierta.
Ahora bien, en cuanto a actividad filosófica profesional, o más bien
dicho intelectual en general, fuera de la literatura, el dilema grave
en relación a probar argumentos es la cantidad enorme de estudios
válidos y análisis en relación a todos los problemas problematizados.
Curiosamente esto presenta dificultades para el escritor que quiere
persuadir a un lector de como debe mirar las cosas. Por un lado tanta
gente ha dicho cosas similares, el hormiguero intelectual es tan
inquieto que quizás deberíamos sólo citar un collage de los parágrafos
mejor expresados en relación a determinado tema y únicamente añadir lo
poco que pensamos que es indispensablemente original. Quizás la
originalidad del escritor hoy en día será su agudeza en la combinación
de citas. Un buen libro entonces sería una casa de citas. Pero esto no
es serio supongo, al menos para los standards académicos actuales. Por
otro lado existe una cantidad tan vasta de investigaciones y estudios
de caso (en profundo detalle o solo impresionísticos) que prueban de
manera estupenda tal o tal argumento específico pero que para
convencer al lector de eso, el lector tendría que leer por sí mismo el
estudio, que como escritor de opinión uno siente vacuo el simplemente
señalarlo en un comentario o la bibliografía. El contenido de lo que
se quiere probar se pierde por completo y el lector no lo puede
sentir.
De nuevo excusas dirán. Mi mayor excusa sin embargo para no haber sido
un filósofo es la futilidad de la filosofía. Clara conciencia estalló
en mí una tarde hambrienta en que bajé de un bus, vi una vendedora de
empanadas y escuché el grito de "cuatro por mil", "cuatro por mil",
que no emitía ella sino quien pensé era su esposo. Pero al acercarme
era un simple colega de la empanadera y lo que vendía, al mismo
precio, eran libros de Lenin, libros populares, de los de Editorial El
Progreso, ya algo amarillentos. Las "Tesis de Abril", "El renegado
Kautsky", "Materialismo y empirocriticismo". Llegué a un acuerdo con
los ambulantes, compré un libro, comí tres empanadas.
Ahora bien, no digamos una empanada, aunque las hay muy sabrosas,
pero nunca he podido percibir mayor valor en evaluar las diferencias
entre materialismo y empirocriticismo que en jugar con un perrito, por
decir algo, o en acariciar a una perrita, bien acariciada, que se
enamore de uno. O mejor dicho en algún momento sí lo sabía. Hoy
siento algo así como cuando uno se olvida el chiste de un chiste de
tanto contarlo pero se acuerda que es gracioso.
No es pereza, no es frivolidad, no es el debate pedorro de que la vida
viva vale más que tanta disquisición enredada. Es más bien que ¿para
qué? Todo es netamente nada y bien rápido.
Mis relaciones con el alcohol y las drogas me han llevado a muchos
sitios y durante un breve periodo a ese templo de la sabiduría llamado
Alcohólicos Anónimos. Ahí un maestro obrero, ya un veterano, analizaba
ante jóvenes alcohólicos la esencia del problema:
- ¿Por qué desesperarse si una mosca se le para a uno en
el brazo? La gente se aloca, la quiere botar inmediatamente, se
irrita. ¿Por qué?
En el otro polo, mi amiga S., otro templo de sabiduría, un día estaba
tan desesperada contra una mosca que revoloteaba su desnudez que su
actitud me llegó a desesperar y le grité, ¡mátala entonces carajo!
- No quiero matarla, estúpido –gritó también- quiero insultarla y que
me entienda que la estoy insultando - y se lanzó a perseguirla con la
voz.
A duras penas no se le metió en la boca, porque una vez se le metió un
zancudo hasta la traquea y empezó a exclamar, pausadita, porque estaba
muy mariguana:
- ¡Me está volando en la garganta, me está volando en la garganta!
- ¿Sí, S.? – desperté yo.
- Sí, ya no quiero fumar marihuana, siento demasiado mi
cuerpo, me duelen los músculos, ese zancudo me hizo darme cuenta
–dijo, con eco de quien se está tragando un zancudo, que es lo que
hacía.
En pocas palabras no pude ser un filósofo porque toda contemplación
lleva a la risa y la risa y la adolescencia perpetuas, nada más me
parece, aún, una conclusión en esta vida.
(¿Continuará…?)
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salud
carlosdelcampo
