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Impresiones Fuertes
… Mwen ta renme konnen, date et jou' map mouri…
Dicen que hay un dios. Se ignora su nombre, pero es Dios. Se alimenta
de su propio semen, y está bien alimentado. Le gusta masturbarse y/o
alimentarse pues. Otros dicen que es mujer y hay debate sobre de qué
se nutre luego, de su leche, parece obvio, sin embargo hay debate: se
habría preñado entonces, etc. Pero no hay duda de que consume también
otro elemento. Cuando la gente muere, con elegancia y usando los
dedos pulgar e índice, ¡crack!, les abre el cráneo y con su lengua
extrae el cerebro y lo mastica, como un chicle. El chicle emana sabor,
que son las vivencias que la persona tuvo durante su existencia. Dios
las paladea, se engolosina, eso lo crea a él mismo, dicen, lo recrea,
lo metaboliza. A veces escupe el chicle, dicen, cuando es de fuerte
mala fe, el sabor. Por eso es importante llevar una vida justa. Un
chicle a la intemperie al que le queda sabor, sufre mucho, dicen, no
puede descargar sus demonios, se pudre, feo.
Por el contrario dicen que no hay nada mejor que irse haciendo parte
de Dios, desaborizar el cerebro, que quede hecho un simple caucho.
Dicen que luego lo recargan de sabor y a otra cosa, a otro costal
pasa. Quién dice todo eso, tampoco se sabe, son tradiciones. Dicen que
uno reconstruye todo lo que vivió mientras es masticado, y suavemente,
suculento, no como los ahogados que repasan toda su vida pero en
cámara vertiginosa, así qué chiste.
Tenía un amigo con profundo mal de amores. Me dijo que no le quedaba
más que suicidarse. Pero no era tanto que no aguantara ya la vida sin
ella, sino que quería revivir los momentos de dulzura pasados, aunque
sea a la velocidad de la luz. A mí la chica siempre me pareció una
tontaza, pronunciaba la r de Marlboro, por sonar distinguida, pero
cada quien sus deseos. Lo vi un tiempo después, ¿qué paso Ciriaco, no
te suicidaste?
- País de mierda en que los chóferes están acostumbrados a cualquier
eventualidad del tráfico –exclamó.
Había tratado de tirarse contra un bus que iba volando, pero el
conductor reaccionó y hasta alcanzó a insultarlo.
- Hay momentos en que el amor lo pone a uno frente a la muerte o la
supervivencia –me comentó abstraído. Había sobrevivido. Dios lo
masticará más tarde.
A veces me pregunto qué irá descubriendo mi chicle cuando Dios absorba
sus remembranzas. ¿Cómo será el flujo de recuerdos en su humectar la
boca de Dios? ¿Cómo se mezclaran los ingredientes?
Cuando era bien niño, un día corrió el rumor en la clase, en la
escuela, no sé como, que había salido un muñeco "como de plastilina",
vivo. Todos los chicos estaban excitados hablando de eso. Mi mama tuvo
dificultades para convencerme de que no podía ser cierto. No le creía
y quería tener ese juguete tan chévere. ¿Saldrá ese muñequito, que
imaginé naranja y verde, a marchar sobre la lengua gloriosa?
¿Perfumarán el momento todas las canciones que me mantuvieron estable,
se irán deshaciendo en el paladar omnipotente?
¿Volveré a ver a esa chica con la que me estrellé una vez en un
bar-disco atestado y rockansalsero, la masa tratando de circularse nos
puso el uno contra la otra, nos besamos fanáticamente, nos separamos,
nunca nos volvimos a ver?
¿Tocaré el piano de cartón que mi madre diseñó para que no perdiera
práctica en los viajes de vacaciones y que me las amargaba totalmente,
obligado a tocar esa lámina sin sonido en plena playa, en nombre de
las monerías que un cabal burguesito debe aprender?
Por cierto ¿Cómo debe decirse en cuanto a la leche materna: se come o se toma?,
- En todo caso se caga –dijo un letrado.
Una vez mi mamá se enfadó tanto y no entendí porqué más que años
después. Tengo dos primos, Amaranta y Emiliano, bonitos nombres para
hermanitos. Pero como yo era un chico muy gracioso les había puesto de
chapa Nalgaranta y Abrelano. Cuando mi mamá escuchó este segundo apodo
me soltó una cachetada súbita e indiscutible. Era muy raro y sólo
lustros después, meditando el incidente, entendí que pensó que estaba
llamando maricón a mi primito, de manera sofisticada para un niño. Era
un cándido juego de palabras, no suponía yo que los cuerpos se
abrieran de placer.
Cosas de las que me arrepiento también impregnarán la baba divina. Una
vez en Bogota yendo en contra vía en bicicleta le destrocé el espejo
retrovisor a un carro. Se bajaron un padre entrando a veterano y su
hijo, con cara de enemigo, el padre aceptando mi número de teléfono
como única garantía. Aquella era una de las peores épocas de mi vida,
sin un sol, vivía a costillas de una amante, así que le di un
teléfono falso, uno piensa que nunca va a hacer esas cosas pero no es
así.
- ¿Pero cómo? -prorrumpió el hijo- ¡se va a ir así sólo con
darnos el teléfono!
- Hay que confiar –dijo el padre, en un tono sensible que
apuñaló mi honor.
Tamaño navajazo al tejido social colombiano no deja de atormentarme.
¡Oh Dios, mastícame perdonándome!
Una vez un hijo le contaba a un padre, no reprochando nada, todo eso
ya había pasado, cómo cuando se emborrachaba y desaparecía tres días y
luego tenían que buscarlo en hospitales, en la morgue por si acaso,
pero no estaba muerto, andaba de parranda y el niño abrumado, para que
aparezca, besaba las sandalias de su padre, con las que lo percibía en
calor de hogar. Y ahora el hombre le contaba esto a su viejo y lo vio
doblarse como un papel mojado.
- Esa persona –suspiró- no era yo.
Dios sentirá esos sabores ¿llorará dulcemente?, ¿de que las cosas
fueron tristes, de que terminaron bien?
Hace un tiempo me encontré en las calles de Gonaïves con Jean Tatoune,
uno de los más famosos asesinos paramilitares que usaban los militares
haitianos en 1994. Fue luego condenado a cadena perpetua, se comió 7
años, escapó cuando la rebelión del 2004 destruyó la prisión de
Gonaïves. Ahora anda por las calles. Hablamos de la situación
política.
- Mi corazón ya se posó –dijo.
Me observó desde sus copiosas ojeras, auténticos anteojos de carne, la
carga de una vida de dificultades expuesta, cierta vergüenza de
padecer y a la vez llamado a mi afección, como humano.
Hay tanto dolor en el mundo, Dios se dolerá masticando chicle tras
chicle de abusos, injusticias, desprecio, se irán diluyendo en sus
mandíbulas desolaciones, angustias, tristeza indestructible.
En las épocas en que Jean Tatoune era un monstruo, los que
trabajábamos en la misión de derechos humanos nos habíamos vuelto
adictos a ver muertos. Íbamos por Puerto Príncipe, por diferentes
menesteres y llamaban por radio, parece que hay un cadáver en tal
zona, y la gente iba respondiendo “yo estoy cerca”, “yo estoy cerca”,
con algo que no es morbo exactamente sino apetito por la intensidad
literaria que hay detrás de un asesinato, especialmente político.
Hace unos días iba en mi carro cuando en mi frente un
camión-pala-mecánica atropelló, con su llanta del tamaño de un niño de
trece años, a una niña de doce años. Su padre la cargó desembocado y
la llevé a un hospital, a dos, porque en el primero no había
medicinas, ni médicos. Pero murió.
- Mwen sentim pa bon mem (no me siento nada bien) –dijo en el trayecto
con una vocecita preocupada.
Y cuando llegamos, para animarla, le pregunté ¿cómo estás chiquita, bien?
- Cintura – me respondió- con una carita que expresaba “siento mucho
no poder decirle que me siento bien, señor blanco, me duele la
cintura”.
La había violado una tonelada incomprensible, pude ver su calzón
empapado de un rojo brillante, presionando la rendija por la que buscó
una salida el derrame interno que la mató horas después.
- Tenía una hemorragia virginal -me confirmó una enfermera, en un
lapsus asombroso, cuando por la noche pasé a enterarme sobre el estado
de la tragedia.
Estuve muy triste.
Había un embotellamiento en la Rue Christophe porque la mitad de la
calle acumula aún un largo montículo de barro, cinco meses después de
las inundaciones. El paso es pues de una sola vía aunque en realidad
varias vayan naciendo y abortándose entrecruzadas en el trafico
Gonaïviano. Esperábamos tras el montículo que pasen los que venían de
allá para coger vía los que íbamos para allá. Tras unos carros vi
venir la pala mecánica, me quedé mirando fijamente cómo al avanzar su
pala levantaba raspando el barro seco, como una gillette que fuera
limpiando barba. Estos fenómenos de barrido a ras me producen un
especial placer y, deslumbrado, veía avanzar al monstruo. Pero cuando
nos iba a pasar, se paró, fue a retroceder sin razón y sin escuchar
los alaridos de los vehículos que habían avanzado tras de él, de los
transeúntes que adivinaban la tragedia. Lo presencié como en una
película: la gente dejando sus motos tiradas, acullá un carro dando
veloz marcha atrás, aquí cayó una bicicleta, en la que montaba la
chica con su padre, este brincó de lado pero la niña desapareció bajo
el trasto. Un momento de congelación en que la calle entendió en un
sólo grito que la catástrofe se había consumado, se veía venir, pero
creo que todos pensábamos que no llegaría, es demasiado absurdo que la
vida es así. Luego se vio al padre cargando a su hija, en ese porte
tantas veces repetido en noticieros, de un padre cargando a su niño
agonizando. Yo abrí la puerta de atrás del carro.
Lo singular es que el chófer de la pala mecánica declaró a la policía
que yo le había ordenado retirar barro del montículo. Esto desde luego
no tenía ni pies ni cabeza, coartada tosca para justificar haber sido
tan imprudente. Sin embargo una extraña conexión me agitaba. La pala
iba lo suficientemente lento para que el maquinista distinguiera la
fascinación del blanco del carro oficial con el aparato que llevaba.
Su súbito retroceder ¿no fue para demostrar sus habilidades, su
importancia? Algo así sentí un microsegundo antes de que la pala
desanduviera fatalmente: que el chofer me miraba, orgulloso.
Sólo Dios lo sabrá, en su masticar.
Si el viento jugaba con las cortinas y la gata jugaba con las
cortinas, la gata jugaba con el viento.
Con todo, es la boca de Dios alegre como un cine lleno de niños,
divertida como uno lleno de adolescentes, dicen.
Es espléndida como senos adolescentes, lamidos en un cine oscuro, en
un rincón moldeado por los cuerpos, cuando uno era adolescente.
¿Volverán a derretirse, en la boca divina, todos los senos, con que me
he emborrachado?
Un poema aparte en cualquier chicle masculino hetero (o femenino homo)
aparece sobre las astutas y honestas tetas. Todos tamaños y colores,
son maravillas, como las flores. Cada pezón, en su única expansión,
es una tierna invitación. Palpar, besar, sopesar, sobar, calar,
chupar, ¡qué manjar!
No se puede sin embargo hablar precisamente de un sabor, en el sentido
de los cinco que reconocen los receptores especializados de la lengua
humana: dulce, salado, amargo, ácido, umami. O mejor dicho umami sí,
umami puede ser, el sabor descubierto por Kikunae Ikeda, el científico
japonés, quien bautizólo con una palabra japonesa que se traduce como
sabroso, carnoso, sustancioso … Ikeda atraído por las algas marinas
logró en 1908 aislar la molécula responsable, demostrando que su sabor
particular era un aminoácido: glutamato monosódico. Los efectos umami
formarían sinergias al actuar simultáneamente con el aroma, la textura
y la apariencia de la comida (www.)...
Uh mami, tus senos…
Siento umami los senos de una mami pero uno no come un seno
literalmente, no es un sabor como tal. Es una evocación umami, pero
paradójicamente también son los senos sensación agua, que es un sabor,
si bien tampoco es un sabor el agua, pero los senos son como gotas, en
su forma, gotas deliciosas y refrescantes al tacto bucal, cual agua
pura. No es el tacto bucal lo mismo que el gusto tampoco… cosas y
cosas va meditando Dios en el episodio “senos”, mientras los mastica
en el recuerdo, mastícalos en el recuerdo, ¡oh, los senos! Aquellos
senos…
Y bueno, en cuanto a mí me casé.
- Tú estás conmigo sólo por mi cabello –me dijo una vez Marishöri
cuando no éramos esposos.
Como todo hombre en su estado natural yo no pensaba casarme, ni algún
sucedáneo. No sabía, no discernía porqué especialmente con esta y no
con esta. Y Marishöri no entendía. En su cultura el cabello largo de
la mujer es el distintivo de belleza por excelencia. Y ella lo tenía
hasta las rodillas. En su mente ashaninka, y pensando bien ¿este man
que quiere al fin?, llegó a esa conclusión, como una occidental podría
especular, “porque soy de familia de plata” o “porque soy delgada y
sofisticada”.
Apostillas así disfrutaré mucho, o mejor dicho Dios las disfrutará
masticando mi cerebro chicloso, cuando me haya llegado la hora.
- ¿A ti te gusta el globo? – me preguntó una vez Marishöri, con el
tono con que una occidental preguntaría ¿A ti te gusta Van Gogh? Y me
contó anécdotas de cuando vendía globos por las calles de La Merced.
Los giros de las frases es lo que me encanta. Por ejemplo:
- B. ¿qué se siente ser un hijo de violados? –le pregunta Marishöri a
B.N. En realidad quiere tocar el tema de que el mestizaje en el Perú
fue en mucho producto de violaciones. (Ella es 100% pura arawak,
directa a la selva desde el estrecho de Bering y (por la gesta de Juan
Santos Atahualpa) nunca conquistados por los españoles.) Pero
introduce la conversación con esa pregunta.
En fin, creo que una vez vi al doble de Dios. Fue en Saint Marc,
Haití, en el año 93. Era de noche y no había una sola luz en la
ciudad. Habíamos antojado comer camarones con Condorito y la gringa
Mery. Bajamos en bicicleta a la zona del puerto a comprar y por la
oscuridad nos perdimos en un laberinto de casas, no había una sola
luz, nuestra linterna era opaca y nos metimos entre casas, ya no
sabíamos si estábamos en una casa o en una callejuela, y de repente
era un cuarto y alumbramos: un viejo, viejísimo, sentado en un sofá,
perdido en sus pensamientos mirando al vacío y al lado de él un
adolescente de unos 13 años, arrodillado masturbándose. Inolvidable
imagen.
